lunes, 12 de diciembre de 2016

La magia de las palabras

Las palabras suelen ser menospreciadas como “sólo palabras” en comparación a otros tipos de acciones, pero si nos ponemos a pensarlo, una palabra puede ser algo muy poderoso.
Comenzando porque surgen de un cierto estado interno de alguna persona, que hace que expulse aire de sus pulmones de cierta forma que produzca ciertos sonidos, y al llegar a los oídos de otra persona a su vez causan un cambio en el estado interno de ésta. En este sentido, las palabras son mágicas, y toda oración es como un hechizo.
Generalizando, claramente, una palabra no necesita ser hablada, cualquier medio por el cual podamos transmitir “información” a otra persona servirá, a nuestros propósitos, como “palabra”. Entra en escena entonces no sólo lo que el emisor trata de emitir, sino lo que verdaderamente termina emitiendo, cómo el “ruido” del canal de transmisión lo pueda distorsionar y cómo el receptor lo recibe, pero, más importantemente: cómo el receptor lo interpreta.
A veces uno cree “ya saber” ciertas cosas, y no hace más que interpretar los mensajes del mundo exterior de tal forma que no hacen más que confirmar estos prejuicios; a veces el mensaje llega a destino, y causa el efecto esperado; a veces parece no haber habido cambio alguno, pero la información enviada, de una forma u otra, ahora está en la mente del receptor, rebotando, durmiente, y puede que en algún momento algo, bien disparado por otro evento externo a la misma o por un análisis que haga su monólogo interno, haga que entienda realmente lo que se le intentaba comunicar.
Resulta interesante cómo lo que se diga puede ocasionar cambios no sólo en el estado interno de una persona, y no sólo en la forma y contenido de lo que esa persona vaya a decir a partir de entonces, sino también en las demás acciones que vaya a tomar, y en cuestiones fundamentales sobre su existencia, al ser expuesta a ciertos conceptos que no podría haber imaginado por sí misma.
La situación comienza a embarrarse cuando notamos el concepto de la mentira y el engaño, tanto en el emisor como en la percepción del receptor. No hablo de la ficción, ni del humor o de cualquier situación en que emisor y receptor están de acuerdo en que lo que se está transmitiendo es verdadero o es falso, aquí está todo bien, el problema surge cuando hay una disonancia entre la veracidad de lo que dice el emisor y la que cree el receptor (con una nota especial para los emisores que comunican como veraz una mentira, porque la creen verdadera, aunque en realidad no la es).
Sea por el fin que fuere, o aunque fuera iniciada por un accidente, estas inconsistencias son (creo) uno de los problemas más grandes del mundo desde que adquirimos la capacidad de comunicar información, puesto que crean falacias lógicas no sólo en una persona, sino en toda la red interpersonal de la sociedad en un proceso que puede extenderse sin límite aparente, llegando al punto que no podemos más que dudar de todo en cierta medida, que “tomar todo con pinzas”, incluso lo que pensamos y decimos nosotros mismos.
Sin embargo, en algún lado se habrá de trazar una línea: debemos pensar con la mente tranquila y definir qué personas en qué contextos hablan con veracidad; dónde creen tener la verdad aunque en realidad sólo están mal informadas; y que cosas nosotros mismos hemos absorbido y de dónde, que parece ser verdad y que nó, qué hemos deducido que suene fraudulento y en qué cosas creemos tener una certeza lo suficientemente grande.
Dudar de todo, todo el tiempo, lleva a un aislamiento total; confiar en todo y todos ciegamente, por otro lado, nos hará tanto víctimas de manipulaciones como victimarios de aquellos que confían en nosotros; incluso pasar demasiado tiempo pensando en construir nuestro criterio de confianza nos dejará inmóviles, atrapados en un bucle de procesamiento. Cada uno deberá entonces decidir cuánto esfuerzo dedicarle a elegir en qué y en quién confiar, y cuándo y acerca de qué, y por qué, con qué fundamentos. Es cuestión de encontrar un balance, supongo.
Y aquí va: no, no puedo estar 100% seguro de esto, pero al menos puedo decir que creo que es cierto; no estoy repitiendo conclusiones de otra persona, ni recurriendo a muletillas y frases hechas en las que me escude automática e inconscientemente en lo cotidiano, sino que observé el mundo e intenté exponer la forma en que lo percibo, en ese sentido al menos puedo considerarlo verosímil y consistente conmigo mismo, ya que ha sido procesado conscientemente. El problema estaría si no dudara en lo absoluto de las ideas que he intentado explayar aquí, o si las hubiera expuesto sin analizarlas ni cuestionarlas en lo más mínimo. No creo que exista ente digno de confianza plena y ciega, ni siquiera uno mismo, quien afirme lo contrario sólo está demostrando que no es de fiar.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Ego Brain

Hay aspectos de la realidad que no podemos cambiar (hay otros que sí, pero no vengo a hablar de ellos hoy). Lo que me pregunto es ¿si a pesar de pensar en algo incambiable no lograremos que cambie, si no hay acción física concebible que nos permita cambiarlo, tiene sentido pensarlo?
Creo que sí, creo que tiene varios usos positivos: quizás pensándolo lo entendamos, y quizás entendiéndolo podamos ver cómo en realidad no era algo imposible ese cambio; o que sí lo era pero con su entendimiento hemos logrado algún crecimiento personal, o descubierto algo que podemos trasladar a otra área de nuestras vidas.
Pero más allá del sentido práctico de la cuestión, si encontramos una faceta de la realidad que está más allá de nuestro control, pero que sin embargo percibimos y le damos importancia, lo único que sí podemos cambiar entonces es la percepción que tenemos frente a este asunto. Y aquí la cuestión, sin darnos cuenta, vuelve a tornarse pragmática: ¿que uso tiene el percibir algo fuera de nuestro control como “malo” o “bueno”?
La respuesta es ninguno. Si lo vemos como “bueno” pero no lo podemos causar, sufriremos porque no sucede. Si lo vemos como “malo” pero no podemos evitarlo, sufriremos porque sucede.
¿Es imposible trazar una línea divisoria entre aquello que podemos cambiar y lo que no? ¿Entre lo que (consideramos que) es “bueno” o “malo”? ¿Qué hay del esfuerzo que conllevaría? Quizás no sea imposible cambiar ciertas cosas, pero el esfuerzo que requerirían (contra nuestra propia escala de valores y prioridades) lo hace impráctico, posible pero indeseable, innecesario.

La cuestión sería entonces: si más allá de cómo lo percibamos (y cómo nos afecte) el mundo seguirá siendo igual, ante la imposibilidad de modificarlo, ¿no deberíamos concentrarnos en cambiar nuestra percepción en lugar de renegar porque no es como quisiéramos?