jueves, 20 de abril de 2017

Bodegón Crawl Episodio VII - El Entrerrianito

Cuando estaba a punto de claudicar, de dedicarmea hacer reviews de bares/pubs, películas, o cualquier otra cosa, finalmente pudo organizarse una noche bodegónica nuevamente en nuestra querida ciudad (nótese que, como haber, hay un borrador de un rincón grasoso y delicioso en iguales cantidades de CABA, en San Telmo, llamado Pedro Telmo, pero concentrémonos en nuestra localidad de momento, que para baires ya está antigourmet).


En principio la noche se disponía a ser conocer “El Entrerriano”, lugar de donde tuvimos buenas referencias y a donde llegar debería ser fácil, al menos tiene una página de facebook y su dirección publicada.. Pero anoche particularmente nos encontramos con que en esa cuadra no había nada que se pareciera a un bodegón. No obstante: a la vuelta (por 27) encontramos a “El Entrerrianito”, así que decidimos que debería ser más o menos lo mismo y nos acodamos en una mesa en la vereda, ya que el lugar por dentro rebalsaba de comensales.


Demostrando que un bodegón (o lo que sea que fuimos anoche) es un lugar perfectametne romántico, el quorum dió para hacer “noche de parejas”, así que al llegar nos dispusimos cuadriláticamente y así atacamos el menú. Los platos seleccionados fueron un Matambrito de Cerdo a las 3 Mostazas (con papas a la española), Milanesa Napolitana (con puré) y Ensalada Completa (que a pesar de “ser una ensalada” hay que admitir que era enorme), además de empanadas de carne (fritas) para calmar las ansias.


En lo que hace al lugar y a la atención en sí, no hay nada particularmente destacable ni bueno ni malo (aunque el baño es tan pequeño que lo hace “pintoresco” y la moza podría haber tardado menos en aparecer en determinados momentos). No obstante, sucedió algo sin precedentes en un bodegón: la moza detectó una copa sucia al momento de descorchar la bebida (Santa Julia, Cabernet Sauvignon, ideal para afrontar el frío de la noche otoñal en la vereda) y procedió a cambiarla por otra limpia. Si haremos una mención de honor para un plato de la carta: la "Bondiola Compuesta"; no nos atrevimos a preguntar de que se trataba, pero asumimos que tiene alguna ventaja mecánica para disparar más lejos o quizás una bonificación a la defensa.


Hablemos de lo importante: la comida. No tengo información más que la visual acerca de la milanga y la ensalada, pero en lo que respecta a las empanadas y el matambre la calidad fue inmejorable. Comenzando por un detalle simple pero frecuentemente descuidado: la comida fue servida bien caliente, recién salida del horno, con incluso el plato calentado para durar más tiempo en su temperatura ideal para la ingesta. Siguiendo con que la empanada era gloriosamente jugosa y acertadamente condimentada; y que el “juguito” que quedaba en el plato, al enfriarse se convertía en una bella capa de grasa que inevitablemente debía ser juntada con un trozo de pan, puramente por gula. En cuanto al matambre, la carne se deshacía de tierna, pero no tanto como para no necesitar cuchillo para cortarla, tenía la cantidad justa de grasa y la salsa de mostaza realsaba su sabor de forma majestuosa; las papas podrían haber sido mejores, pero no estaban nada mal.

Verdaderamente es un lugar “demasiado bueno para considerarlo un bodegón”, además de no tener precios enteramente en el rango bodegónico, careció de detalles pintorescos como los que suelen resaltar a los demás comedores emblemáticos que hemos visitado. Por ende, el puntaje:
  • Bodegonez (del servicio): 60%
  • Bodegonitud: 40%
  • Bodegonancia: 49%
  • Sabrocez: 98%
  • Peronitud: 35%
  • Tubos per cápita: 1 cada 2
  • ¿Da para postre? En otra ocasión, quizás

jueves, 27 de octubre de 2016

Bodegón Crawl Episodio VI - Chopería Bar Blanco (esquina este)

Proponer ir al Bar Blanco plantea un problema de logística importante desde el vamos, puesto que la invitación siempre ha de ir precedida por un “¿bueno, pero a cual?”, y es que en la(s) esquina(s) de Alem y Pellegrini tenemos 2 opuestos, la “Chopería Bar Blanco” (del lado “este”) y la “Chopería Blanco Hermanos” (en el lado “oeste”). Desconocemos la veracidad de la historia, pero como todo medio público que se respete, la reproduciremos básicamente como se nos contó sin dedicar un minuto a verificarla: cuenta la leyenda que dos hermanos eran dueños de uno de los locales, pero en algún momento tras alguna disputa que no puede haber sido más leve que un entrevero a là Double Dragon, uno de los hermanos vendió su mitad al otro y decidió abrir su propio Bar con juegos de azar y mujerzuelas en el lugar más recóndito que pudiera encontrar de la ciudad: la esquina de en frente.

En esta ocasión, hemos decidido arrancar por la denominada “Chopería Bar Blanco” y, si bien no descartamos dedicarle una visita a su contraparte en la vereda Oeste, sólo hablaremos de él por hoy.

En principio uno entra y no nota nada muy distinto a cualquier otro local no-moderno (léase no-concheto ni a todo trapo) de calle Pellegrini, pero basta acomodarse en una mesa para levantar la mirada y notar uno de los primeros indicios de la innegable bodegonitud que tiene el lugar: (ver imagen →)

Examinando el menú, inicialmente nada resalta demasiado, salvo algunos errores de tipeo en algunos de los ejemplares (que promocionaban tener pizza de Perro en lugar de Puerro, y cerveza Iguana Stout), pero llegados a la zona de sándwiches calientes encontramos 2 cosas: 1) venden pizza por porción (nota para el lector bonaerense: si, “al corte” como le dicen ustedes; no, esto no es común en Rosario) y 2) venden “Frankfurt de Chorizo”.

Tómense un minuto para re-leer eso por favor: si, dije Frankfurt de Chorizo. Desconocemos el cómo esta combinación, que claramente representa la quintaescencia de la cocina fusión argentino-germana, no había llegado antes a nuestro conocimiento, pero el pedirla fue obligación, y no defraudó en lo más mínimo.

Comenzando con una tanda de Amargo-Obreros por aquí, Stella Artois negra por allá, y una breve (pero sabrosa) entrada de cazuelitas de mondongo, el grueso de los comensales consumieron las clásicas variantes de milanesa: con fritas, con puré, a caballo y en sandwich familiar completo. Evidentemente alguien nos había convencido de que estaba habiendo sobrepoblación de milanesas y había que hacer algo al respecto, para evitar una catástrofe natural.

En lo que respecta a la atención, la bodegonez se hace evidente al momento que el mozo se aproxima a la mesa y procede a tomar el servilletero de la misma para anotar el pedido, con la particularidad de que sólo anotó lo referente a pizzería/carlitería, y el resto lo recordó de memoria. La curiosidad, no obstante, en realidad se debe a que tanto a) fruncía el ceño forzando la vista, aunque lo que evidentemente tenía eran problemas para escuchar y procesar el pedido, y no para ver lo que estuviera escribiendo; como b) el único error que hubo en el pedido fue una porción de pizza equivocada de variedad (a pesar de estar anotada).

Ciertos detalles le quitan puntos a la experiencia, como ser la lugubrez del baño, lo poco-cocidas de algunas milanesas, el baño de discapacitados con una mesa cubriendo su puerta.. Pero lo cierto es que resultaron ser detalles menores, que no le quitaron lo placentero a la velada en lo más mínimo. Eso sí: nuestro Licenciado en Educación Física de cabecera nos apunta cierta carencia de originalidad en la selección de cantores de tango que habitan una de las paredes, acusando la falta de un Edmundo Rivero o Julio Sosa.

Cerrando esta entrega, el puntaje (ya saben, mouse arriba de lo que desconozcan):
  • Bodegonez (del servicio): 98%
  • Bodegonitud: 60%
  • Bodegonancia: 64%
  • Sabrocez: 89%
  • Peronitud: 50%
  • Tubos per cápita: N/A
  • ¿Da para postre? Casi casi, pero no