martes, 8 de enero de 2019

Paja mental

Estamos de acuerdo en que el mundo moderno nos asedia con distracciones contínuamente, sin permitirnos tener un momento de ocio en que la mente divague y al aburrirse se autoexplore. No obstante, a la hora de realizar cualquier tarea que sea menos que extremadamente agradable (o, digamos, que no llegue al baseline de endorfinas al que estamos acostumbrados), el impulso escapista nos hace buscar distracciones y estímulos donde sea. Aquí es que, aún en ausencia de dispositivos y estímulos externos, la mente se entretiene con pensamientos extremadamente placenteros, y resulta evidente: el filósofo, por más prestigiosa que hoy sea su profesión, en el fondo es el procrastinador por excelencia y revela cuánto me equivoque de profesión al dedicarme a los sistemas informáticos: ¡oh, envidiable quien tiene la libertad de perseguir toda tangente de pensamiento hasta el absurdo y luego un poco más como profesión! ... ¿O quizás al hacerlo su profesión remunerada, el filósofo moderno no logra de hecho extraer semejante placer de sus divagaciones?

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