Y un brindis a las causas perdidas..

lunes, 20 de febrero de 2012

Gataflorismo

Mañana de lluvia como tantas otras, pero con esos pequeños triunfos que sólo las lluvias de verano pueden aportar, como el frescor complaciente que inunda la ciudad a pesar de los escapes de los autos y hace hasta la humedad, asquerosa y que no dejó pegar ojo la noche anterior adhiriéndose al calor logrando que uno se pegue a las sábanas sin que el ventilador pueda impartir justicia, sea placentera. La garita, aunque maltrecha y sin asiento, supo cubrir eficientemente la precipitación y el armónico resonar de sus caños antes las gotas y unos suaves golpes de nudillos o con la punta del paraguas clausurado fueron suficientes para amenizar la espera del demorado ómnibus.

Al arribar el colectivo, lo hizo con la sorpresa de ser no una unidad excedida en años de servicio, sino un flamante modelo nuevo y, aunque al subir el aire resultó algo rancio y hasta caluroso, el panorama de los asientos se encontró inesperadamente seco, aunque el piso del vehículo si fuera un barrial. Una vez acomodado con el paraguas contra la pared y el bolso sobre las piernas, un Cortázar regalado por mi novia acompañó el largo trecho, durante el cual en algún momento me di cuenta que la atmósfera se había vuelto fría y seca gracias a la maravilla tecnológica del aire acondicionado y tuve que alzar la cabeza repetidas veces para cerciorarme de no haberme quedado atrapado en la ficción y pasarme de mi parada.

Al vislumbrar la heladería de la parada anterior a mi destino fui cerrando el libro y me aproximé hasta la puerta, llegado el momento presioné el botón e inspiré ese aire fresco para mitigar el golpe que sabía que vendría al abrirse la puerta. Sin hacerse esperar, el clima que antes me resultaba plácido y fresco ahora me recibía como una bofetada a la cara propiciada con un pescado cálido y en ligera descomposición, lo recibí con el desagrado correspondiente y me bajé con mala gana. Al dar un par de pasos comprendí que ya no llovía, aunque si chispeaba, no tanto como para que uno no reciba miradas extrañas al llevar el paraguas abierto, pero sí suficiente para salpicar la ropa y el bolso, por lo que resolví desplegarlo sobre mi cabeza de todas formas, también sin mucho ánimo.

Caminando las dos cuadras hasta mi hogar comencé a pensar en esta breve experiencia, y se me ocurrió una idea que suele ser fútil: "¿por qué no narrarla apropiadamente y escribirla y soltarla al mundo?". En casi toda ocasión suelo aborrecer este pensamiento, no por despreciar el acto de escribir, sino por saber que durante las horas siguientes no haría más que pensar en mi cabeza la sucesión de hechos, reacomodándolos, puliéndolos, reformando las oraciones y refraseando todo, sólo para finalmente no plasmarlo sobre ningún medio y que sea legible por alguien más que mis neuronas, dejando lo que podría haber sido un buen texto escurrirse por las cañerías mientras me baño y reniego de no tener una grabadora para ahorrarme la escritura forzada, sabiendo que de tenerla me daría vergüenza que alguien me escuchara enunciar mis ideas en su estado rústico, puro y, por qué no, desnudo. O si tuviera de heho siempre un cuaderno encima y lo escribiera, ¿lo pasaría en limpio luego o quedaría como otro borrador más, apilado en una repisa?

Llegado a casa ya me había acostumbrado nuevamente a la atmósfera fresca y al abrir la puerta me topé con lo que esperaba: el aire caliente y denso, tal y como había estado el día anterior. Y es que mi casa tiene esa peculiaridad, no corre el aire demasiado y las paredes y el techo de ladrillo y hormigón conservan el clima del día anterior, siempre. Para ser honestos viene bien a veces, porque los humanos tenemos ese gataflorismo de encender fogatas en invierno y ventiladores en verano, y siendo que el día está fresco el toparse con un leve abrigo automático no viene mal, así como mañana seguramente volverá a hacer calor y la casa seguirá estando fresca como hoy.

El único problema es cuando varios días hace el mismo clima, entonces la casa toma una inercia térmica inconbatible. Y encender el hogar a gas calienta tan poco como si se lo encendiera en medio de un descampado azotado por el viento del sur, y el aire acondicionado resulta tan inefectivo como sacar la heladera al patio y dejarla abierta esperando que refresque el mundo.

2 discusiones sin sentido:

  1. Ciertamente, los días de lluvia son bellísimos y dignos de ser narrados, como todo lo excepcional.. :)

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  2. Me llamo la atención el título y una vez que empecé a leerlo no pude parar hasta el final(raro en mí), si bien es la narración de algo cotidiano me gustó como lo dejaste redactado :)
    Un abrazo Seba!

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